Opulencia barroca
Los pisos de mi infancia (me sitúo en entre los 70/80) se conformaban a lo largo de pasillos que distribuían las diferente estancias. Las tonalidades predominantes entre el beige y el marrón potenciadas por la luz cálida de las lámparas ampulosas de cristales y arañas amplificaban la sensación de confortabilidad que se pretendía.
Estancias contiguas, espacios independientes, todo muy compartimentado, tal como eran las aspiraciones de la época en busca de intimidad, calor y una expresión de excesiva ornamentación para redimirnos de un pasado carente de lujos. La vida se hacia en la salita. Allí se comía, se hacía los deberes, tejía la abuela y se veía la tele. El salón, el espacio más amplio de la casa, se reservaba para recibir a las visitas o para reuniones en ocasiones especiales.
El referente era el ambiente palaciego para decorar el salón repleto de muebles opulentos de madera recia, caoba u olivo, los dorados que no faltasen, enormes cuadros de escenas campestres holandeses, de caza y mucho espejo. Como no podía ser de otra forma, estamos ante la explosión de la copia de modelos Luis XV, Luis XVI y el estilo isabelino que se adueñaron de los pisitos de las ciudades prósperas.



